jueves, 3 de enero de 2013

EL HOBBIT




EL  HOBBIT

Ayer tuve oportunidad de concretar un lindo deseo: ir a ver la película “El hobbit” recientemente estrenada en Suiza.

Hay quienes dicen que las personas pueden dividirse en dos grupos bien definidos: 

los que odian o no soportan la saga del gran escritor inglés J.R.R. Tolkien, que incluye muy especialmente dos obras: “El hobbit” y “El señor de los anillos” (ésta última, continuación de la primera);

y, por supuesto, los que aman sus escritos.

Pues bien, quien escribe se cuenta en esta segunda categoría de lectores, y también de aficionados al cine.





Pero no crea el lector-a que me anima una suerte de simple e infantil impulso de recreación, “fabulosa y permanente”, de mundos fantásticos alejados de la cruda realidad, poblados de elfos, enanos, hobbits, caballeros, magos, trolls y orcos;


o al menos... solamente...

Sino que la inmensa obra de Tolkien tiene el genio de seguir un hilo conductor que nos va llevando por los vericuetos del alma humana, mostrándonos aquí y allá, aspectos de nosotros mismos.

La saga tolkiana –basada en antiguos relatos nórdicos- es un compendio que incluye lo más sublime y lo más bajo, lo más pequeño y lo más grande; 

y entre medio, toda una gama de acciones y actitudes con las cuales todos, créame, podemos sentirnos identificados en mayor o menos medida.

Se trata de una gigantesca metáfora de la vida.

Descubrí y leí a Tolkien hace poco más de una docena de años, es decir, en plena adultez; será por ello, porque me ha deslumbrado de manera tan especial y resolutiva que, aunque parezca insólito, generalmente cada día llega a mi memoria algún momento de su obra.

Posterior a la lectura, grande fue mi satisfacción el comprobar que Peter Jackson, realizador neozelandés que llevó a cabo la titánica labor de plasmar en imágenes tamaña complejidad de historia -la de El señor de los anillos- 

logró reflejar los personajes tal como yo los había ido dibujando dentro de mí a medida que avanzaba en la lectura de la obra.

Ahora ha producido y trabajado junto con el mexicano Guillermo del Toro la primera de posiblemente dos películas que integrarán la historia de “El hobbit”.

Ayer, no quedé defraudada.

Y grande fue mi satisfacción, la del reencuentro... 

Muchas son las escenas que me han quedado grabadas, pero de entre ellas, rescato y pongo de relieve una muy hermosa, que se acomoda perfectamente al pensamiento de Tolkien, quien por otra parte fue un gran espiritualista cristiano.

Se trata de la siguiente:

el gran mago Gandalf –quien ha llegado al país de los elfos acompañando a un grupo de enanos- está conversando telepáticamente con la deslumbrante, altísima Galadriel, dama de la luz, quien tiene el poder de conocer anticipadamente las intenciones terribles de Sauron, símbolo por excelencia del mal.


Por deseo expreso de Gandalf, con el pequeño grupo de enanos
ha venido Bilbo, un joven e inexperto hobbit. 

Galadriel pregunta al mago por qué ha inducido a Bilbo a incorporarse a la peligrosa misión que van a llevar a cabo los enanos (no viene al caso relatarla ahora), teniendo en cuenta que el joven carece de condiciones apropiadas.

Entonces, Gandalf responde que si bien Saruman –uno de los cinco magos “blancos”, el más grande de todos- opina que para vencer al mal se requiere un poder inmenso, monumental, 

él, Gandalf, considera que en realidad son las pequeñas, a veces muy pequeñas, buenas acciones llevadas a cabo por seres comunes, las que mantienen a raya –y alejan- al mal.

El poder de lo pequeño ..., que puede volverse grande (como será el caso de Bilbo en la historia de Tolkien).

Pudiera destacar muchos otros momentos de la historia, algunos francamente risueños, otros solemnes, pero prefiero detenerme en el que acabo de escribir

porque refleja claramente mi pensamiento y el de muchos: que David puede vencer a Goliat. 

Y que el bien, manifestado a través de acciones y actitudes simples de todos los días 

–una palabra, un gesto, una idea, una buena astucia, un favor y tanto más, actos que podemos llevar a cabo usted y yo-

si bien suele no hacer ruido ...,
de hecho es efectivo y poderoso ...


Las pequeñas acciones que salvan al mundo cada día.











Hilda Mayer-Iocco
Pfeffingen, jueves 3 de enero de 2013


Nota

El mes pasado, por casualidad descubrí una obrita de J.R.R. Tolkien desconocida al menos para mí: “Cartas de Papá Noel”.

Resulta ser que cuando su hijo mayor tenía cuatro años, al escritor se le ocurrió escribirle cartas que llegaban desde el “gran frío”, la región donde habita Papá Noel, las cuales incluían dibujos realizados por él mismo.

Luego vinieron más hijos –tuvo cuatro en total, tres varones y una niña- y continuó escribiendo maravillosas cartas para todos ellos con simpáticas ilustraciones.

La recopilación es encantadora.

Más tarde vendría El hobbit, El señor de los anillos, ..., todo lo demás, igualmente escritos en un principio para los hijos. 




Se trata de obras aleccionadoras.

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