EL
HOBBIT
Ayer tuve
oportunidad de concretar un lindo deseo: ir a ver la película “El hobbit” recientemente estrenada en Suiza.
Hay quienes
dicen que las personas pueden dividirse en dos grupos bien definidos:
los que
odian o no soportan la saga del gran escritor inglés J.R.R. Tolkien, que
incluye muy especialmente dos obras: “El hobbit” y “El señor de los anillos”
(ésta última, continuación de la primera);
y, por
supuesto, los que aman sus escritos.
Pues bien,
quien escribe se cuenta en esta segunda categoría de lectores, y también de aficionados
al cine.
Pero no crea el lector-a que me anima
una suerte de simple e infantil impulso de recreación, “fabulosa y permanente”,
de mundos fantásticos alejados de la cruda realidad, poblados de elfos, enanos,
hobbits, caballeros, magos, trolls y orcos;
o al
menos... solamente...
Sino que la
inmensa obra de Tolkien tiene el genio de seguir un hilo conductor que nos va
llevando por los vericuetos del alma humana, mostrándonos aquí y allá, aspectos
de nosotros mismos.
La saga
tolkiana –basada en antiguos relatos nórdicos- es un compendio que incluye lo
más sublime y lo más bajo, lo más pequeño y lo más grande;
y entre medio, toda
una gama de acciones y actitudes con las cuales todos, créame, podemos
sentirnos identificados en mayor o menos medida.
Se trata de una gigantesca metáfora de la vida.
Descubrí y leí a Tolkien hace poco más de una docena de años, es
decir, en plena adultez; será por ello, porque me ha deslumbrado de manera tan
especial y resolutiva que, aunque parezca insólito, generalmente cada día llega
a mi memoria algún momento de su obra.
Posterior a
la lectura, grande fue mi satisfacción el comprobar que Peter Jackson, realizador neozelandés que llevó a cabo la titánica
labor de plasmar en imágenes tamaña complejidad de historia -la de El señor de
los anillos-
logró
reflejar los personajes tal como yo los había ido dibujando dentro de mí a
medida que avanzaba en la lectura de la obra.
Ahora ha
producido y trabajado junto con el mexicano Guillermo del Toro la primera de posiblemente dos películas que
integrarán la historia de “El hobbit”.
Ayer, no
quedé defraudada.
Y grande fue
mi satisfacción, la del reencuentro...
Muchas son las escenas que me han
quedado grabadas, pero
de entre ellas, rescato y pongo de relieve
una muy hermosa, que se acomoda perfectamente al pensamiento de Tolkien, quien por otra parte fue un
gran espiritualista cristiano.
Se trata de
la siguiente:
el gran mago Gandalf –quien ha llegado al país de los elfos
acompañando a un grupo de enanos- está conversando telepáticamente con la deslumbrante, altísima Galadriel,
dama de la luz, quien tiene el poder de conocer anticipadamente las intenciones
terribles de Sauron, símbolo por excelencia del mal.
Por deseo
expreso de Gandalf, con el pequeño grupo de enanos
ha venido Bilbo, un joven e inexperto hobbit.
Galadriel pregunta al mago por qué ha inducido a Bilbo a incorporarse
a la peligrosa misión que van a llevar a cabo los enanos (no viene al caso
relatarla ahora), teniendo en cuenta que el joven carece de condiciones
apropiadas.
Entonces,
Gandalf responde que si bien Saruman
–uno de los cinco magos “blancos”, el más grande de todos- opina que para
vencer al mal se requiere un poder inmenso, monumental,
él, Gandalf,
considera que en realidad son las
pequeñas, a veces muy pequeñas, buenas acciones llevadas a cabo por seres
comunes, las que mantienen a raya –y alejan- al mal.
El poder de lo pequeño ..., que puede volverse
grande (como será el caso de Bilbo en la historia de Tolkien).
Pudiera destacar
muchos otros momentos de la historia, algunos francamente risueños, otros
solemnes, pero prefiero detenerme en el que acabo de escribir
porque
refleja claramente mi pensamiento y el de muchos: que David puede vencer a Goliat.
Y que el bien, manifestado a través de acciones y
actitudes simples de todos los días
–una palabra, un gesto, una idea, una buena
astucia, un favor y tanto más, actos que podemos llevar a cabo usted y yo-
si bien suele no hacer ruido ...,
de hecho es efectivo y poderoso ...
Las pequeñas acciones
que salvan al mundo cada día.
Hilda
Mayer-Iocco
Pfeffingen,
jueves 3 de enero de 2013
Nota.
El mes
pasado, por casualidad descubrí una obrita de J.R.R. Tolkien desconocida al
menos para mí: “Cartas de Papá Noel”.
Resulta ser
que cuando su hijo mayor tenía cuatro años, al escritor se le ocurrió
escribirle cartas que llegaban desde el “gran frío”, la región donde habita
Papá Noel, las cuales incluían dibujos realizados por él mismo.
Luego
vinieron más hijos –tuvo cuatro en total, tres varones y una niña- y continuó
escribiendo maravillosas cartas para todos ellos con simpáticas ilustraciones.
La
recopilación es encantadora.
Más tarde
vendría El hobbit, El señor de los anillos, ..., todo lo demás, igualmente
escritos en un principio para los hijos.
Se trata de obras
aleccionadoras.




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