martes, 12 de febrero de 2013

LA GRAN RENUNCIA





LA   GRAN   RENUNCIA 

La noticia, como a todos, me tomó de sorpresa, al menos en el plano consciente;

porque mi inconsciente -o una lógica de evidentes constataciones- la habían intuído ya.

Menos de doce horas antes de producirse el gran sacudón mediático, escribía a una amiga acerca de la imperiosa necesidad de una renovación en el seno de la iglesia; 

y en especial, opinaba que si bien valoro enormemente la sabiduría de los mayores, de hecho, el actual papa no estaba en condiciones de llevar adelante todos los cambios necesarios que deben operarse en el catolicismo, con sus 1.500 millones de miembros.

Entonces llegó la información... y el interés de conocer las razones, de saber más ...

Quien lee regularmente este Rincón sabe perfectamente del sentimiento de frustración que experimenté aquel día de 2005 en que se supo el nombre del sucesor del carismático aunque muy conservador Juan Pablo II.

Me preocupaba la elección de Joseph Ratzinger, no solamente por su conocido ultraconservadorismo –luego, ya en el papado rehabilitó a tres “lefevristas” (*) separados de la iglesia por su antecesor años atrás- sino precisamente por su edad.

Entiendo que el cuestionamiento de los años tiene menos que ver con el vigor intelectual –que este papa conserva perfectamente- y más con las fuerzas físicas que hoy por hoy tiene que acompañar el trabajo de todo pontífice: múltiples audiencias, baños de masa, largos viajes ...

De hecho, parece ser que Benedicto XVI decidió renunciar al papado el año pasado cuando viajó a México y Brasil y se dio cuenta que le faltaba energía para acompañar a millones de personas reunidas para verlo, especialmente en Brasil, donde imperaban altas temperaturas.

Además, hoy se ha sabido que no hace mucho, el papa pasó por una pequeña intervención a fin de cambiar la batería del marcapasos que porta desde hace diez años.

Al respecto, cabe presumir que una persona con cierta disfunción cardíaca tiene que confrontarse con la fatiga física, una compañera tantas veces indeseable, cuánto más cuando se trata de temperaturas extremas, especialmente de calor.

Entonces, ¿cómo los cardenales pudieron elegir en 2005 –luego de 4 votaciones- a un hombre que si bien era y es un gran intelectual, un teólogo de punta, no presentaba ya un estado de salud óptimo?. 

Es de desear que en el próximo cónclave el Espíritu Santo guíe las mentes de los responsables –y estos se dejen guiar...- 

a fin de elegir convenientemente al hombre encargado de tomar las riendas de una iglesia agobiada por los escándalos y tantos desafíos; 

que pueda representar una figura no solamente ética sino un punto de referencia, un interlocutor dispuesto al diálogo, atento y fiable.

En estas horas se habla también de fallas en el sistema colegiado de gobierno de la iglesia: pareciera que los dos últimos papas no han ejercido la colegialidad plenamente, deseando concentrar en ellos mismos todo el poder de las decisiones.

Hay mucho, sí, mucho por modificar y modernizar, por ejemplo, en la vida sacerdotal, en el rol de las mujeres dentro de la iglesia, en tantos aspectos de la vida social humana. 

Y si bien es aceptable considerar que quizás la iglesia católica debe tomarse un poco de tiempo para asumir los cambios, en las circunstancias presentes se impone actuar más dinámicamente.

En este sentido, más allá de su conservadorismo, Benedicto XVI ha sorprendido al mundo entero por su inteligente, modernísima y valiente decisión de renunciar.

De todas maneras, ya no siento la bronca de hace 8 años; inclusive he aprendido a valorar sus aptitudes intelectuales.

Creo que mi rechazo fue desapareciendo poco a poco, a medida que iba contemplando el rostro cada vez más cansado del papa, una imagen de desarmante fragilidad.


Ahora pienso que todo llega cuando debe llegar y puede que hoy sea el tiempo propicio de los grandes cambios en la iglesia católica.

Así me lo está sugiriendo el consabido y hasta ahora tan fiel optimismo realista que me anima siempre, algo inestimable, por cierto, en los tiempos que corren.






Hilda Mayer-Iocco
Pfeffingen, martes 12 de febrero de 2013




(*) Referencia a  Monseñor Lefèvre (1905-1991), obispo francés.
Fue el creador de un movimiento religioso disidente en el seno de la iglesia católica, opuesto a los cambios y reformas derivados del Concilio Vaticano II, que se celebró a partir de 1962.

Empleando un término moderno, el movimiento lefevrista representa un ala integrista, ultra conservadora, dentro de la iglesia católica.



Nota.
El año pasado se estrenaba “HABEMUS PAPA”, una película del actor y director italiano Nanni Moretti en la que se plantea el hipotético caso de un cardenal que al ser elegido papa entra en pánico y escapa del Vaticano porque se siente incapaz de asumir semejante rol.
El tema que hace unos meses no suscitó demasiados comentarios  cobra hoy gran actualidad, al menos en un sentido general.

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