LA GRAN RENUNCIA
La noticia,
como a todos, me tomó de sorpresa, al menos en el plano consciente;
porque mi
inconsciente -o una lógica de evidentes constataciones- la habían intuído ya.
Menos de
doce horas antes de producirse el gran sacudón mediático, escribía a una amiga
acerca de la imperiosa necesidad de una renovación en el seno de la iglesia;
y
en especial, opinaba que si bien valoro enormemente la sabiduría de los
mayores, de hecho, el actual papa no estaba en condiciones de llevar adelante
todos los cambios necesarios que deben operarse en el catolicismo, con sus 1.500
millones de miembros.
Entonces llegó la información... y el interés de conocer las razones, de
saber más ...
Quien lee
regularmente este Rincón sabe perfectamente del sentimiento de frustración que
experimenté aquel día de 2005 en que se supo el nombre del sucesor del
carismático aunque muy conservador Juan Pablo II.
Me preocupaba la elección de Joseph
Ratzinger, no
solamente por su conocido ultraconservadorismo –luego, ya en el papado rehabilitó
a tres “lefevristas” (*) separados de la iglesia por su antecesor años atrás-
sino precisamente por su edad.
Entiendo que
el cuestionamiento de los años tiene
menos que ver con el vigor intelectual –que este papa conserva perfectamente- y
más con las fuerzas físicas que hoy por hoy tiene que acompañar el trabajo de
todo pontífice: múltiples audiencias, baños de masa, largos viajes ...
De hecho,
parece ser que Benedicto XVI decidió renunciar al papado el año pasado cuando
viajó a México y Brasil y se dio cuenta que le faltaba energía para acompañar a
millones de personas reunidas para verlo, especialmente en Brasil, donde
imperaban altas temperaturas.
Además, hoy
se ha sabido que no hace mucho, el papa pasó por una pequeña intervención a fin
de cambiar la batería del marcapasos que porta desde hace diez años.
Al respecto,
cabe presumir que una persona con cierta disfunción cardíaca tiene que
confrontarse con la fatiga física, una compañera tantas veces indeseable, cuánto
más cuando se trata de temperaturas extremas, especialmente de calor.
Entonces, ¿cómo
los cardenales pudieron elegir en 2005 –luego de 4 votaciones- a un hombre que si
bien era y es un gran intelectual, un teólogo de punta, no presentaba ya un
estado de salud óptimo?.
Es de desear
que en el próximo cónclave el Espíritu Santo guíe las mentes de los
responsables –y estos se dejen guiar...-
a fin de elegir convenientemente al
hombre encargado de tomar las riendas de una iglesia agobiada por los escándalos
y tantos desafíos;
que pueda representar una figura no solamente ética sino un
punto de referencia, un interlocutor dispuesto al diálogo, atento y fiable.
En estas
horas se habla también de fallas en el
sistema colegiado de gobierno de la iglesia: pareciera que los dos últimos
papas no han ejercido la colegialidad plenamente, deseando concentrar en ellos
mismos todo el poder de las decisiones.
Hay mucho,
sí, mucho por modificar y modernizar, por ejemplo, en la vida sacerdotal, en el
rol de las mujeres dentro de la iglesia, en tantos aspectos de la vida social
humana.
Y si bien es
aceptable considerar que quizás la iglesia católica debe tomarse un poco de
tiempo para asumir los cambios, en las circunstancias presentes se impone
actuar más dinámicamente.
En este
sentido, más allá de su conservadorismo, Benedicto
XVI ha sorprendido al mundo entero por su inteligente, modernísima y valiente
decisión de renunciar.
De todas
maneras, ya no siento la bronca de hace 8 años; inclusive he aprendido a
valorar sus aptitudes intelectuales.
Creo que mi
rechazo fue desapareciendo poco a poco, a medida que iba contemplando el rostro cada vez más cansado del papa,
una imagen de desarmante fragilidad.
Ahora pienso
que todo llega cuando debe llegar y puede que hoy sea el tiempo propicio de los
grandes cambios en la iglesia católica.
Así me lo
está sugiriendo el consabido y hasta ahora tan fiel optimismo realista que me anima siempre, algo inestimable, por
cierto, en los tiempos que corren.
Hilda Mayer-Iocco
Pfeffingen, martes 12 de febrero de 2013
(*)
Referencia a Monseñor Lefèvre (1905-1991), obispo francés.
Fue el creador de un movimiento religioso
disidente en el seno de la iglesia católica, opuesto a los cambios y reformas derivados
del Concilio Vaticano II, que se celebró a partir de 1962.
Empleando un término moderno, el
movimiento lefevrista representa un ala integrista, ultra conservadora, dentro
de la iglesia católica.
Nota.
El año
pasado se estrenaba “HABEMUS PAPA”, una película del actor y director italiano Nanni
Moretti en la que se plantea el hipotético caso de un cardenal que al ser
elegido papa entra en pánico y escapa del Vaticano porque se siente incapaz de
asumir semejante rol.
El tema que
hace unos meses no suscitó demasiados comentarios cobra hoy gran actualidad, al menos en un
sentido general.

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