martes, 23 de abril de 2013

CALENDARIO: 23 DE ABRIL. DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO.





Calendario: 23 de abril
Día Internacional del Libro.



UN AMOR INCONDICIONAL


¿Cuándo comenzó, dio los primeros pasos,
para luego liberarse de las manos protectoras
y emprender la extraordinaria aventura?.


Posible y paradójicamente,
antes que mi razón procesara su existencia.


Permanecen aún, muy tenues ya,
algunas huellas de su prehistoria,
es decir, de las experiencias anteriores a mi “real” conciencia. 


A veces contemplo esos vestigios 
con una especial ternura,
como

los pequeños ejemplares de una colección
que mi madre solía comprarme cada semana,
creando sin querer una rutina
que terminaría despertando en mí
una particular vocación.



Yo esperaba con tantas pero tantas ansias aquellos libritos que, una vez entre mis manos, 
solía leer y releer sin cesar
hasta que sin una especial intención de mi parte
quedaban grabados en mi memoria, para siempre ...


Textos simples,
acompañados de simpáticas ilustraciones:


“Hoy cumple años mi casita,
y también los cumplo yo.
Yo le dije: ¡Qué bonita!,
y ella me felicitó”...


Aquella colección de libritos,
junto con un ejemplar de “¡Upa!” (*)
deben haber sido 
mis primeras y muy tempranas lecturas;


aunque, según el folclore familiar,
la formidable aventura empezó
cuando tenía dos años de edad.


Contaban que un tío se había dado cuenta
que yo podía reconocer y leer
algunas palabras en el periódico,
algo que había llamado mucho la atención de los demás.


De hecho, puede que mi interés
por la información y las cuestiones político-sociales
tenga origen en aquellos puntuales,
lejanísimos momentos de la infancia.


Porque, contrariamente a aquella observación de mi tío,
de la que mi mente no guarda rastro alguno,
conservo aún el recuerdo
de una costumbre de mi padre:


a veces, al regresar de su trabajo al anochecer,
solía leer el diario vespertino “La Razón”,
o terminar de repasar el matutino “La Nación”
leído muy temprano en la mañana; 


y lo hacía mientras me tenía
sentada sobre sus rodillas.


Imagino que de esta manera
lograba congeniar dos cosas:
gozar de un momento de lectura e información;
y pasar un ratito conmigo.


Para mí, aquellos representaban
momentos estelares del día: 

estar con mi papá e inmóvil, muy quietita,
a fin de no distraerlo en su lectura, 

evitando cualquier disturbio
que pudiera provocar una alteración  
y quebrara ese sentimiento de profunda,
silenciosa cercanía, al menos física.


Los dos, un padre cuarentón y su muy pequeña hija,
ambos absortos en la lectura,
ya que me encantaba leer las letras grandes
de los titulares del periódico,
así como observar las fotografías en blanco y negro;
tal vez una manera de imitar a mi papá.

Imágenes esfumadas ...


Tuve además la suerte de contar
con dos hermanas mayores
que me llevaban bastantes años; 

una de ellas junto con una amiga
solía jugar a la maestra conmigo; 

y yo tenía el inmenso privilegio
de contar con sus clases particulares.

Eran constantes y exigentes,
en especial mi hermana. 

Ella se encargaba también
de forrar el cuaderno de deberes
con las tapas de alguna vieja revista.

Así, gracias a mi hermana y su amiga
–ambas rondaban los once años- 

fui una niña bastante despabilada en las cuestiones “intelectuales”: 

a los cuatro años leía, escribía, sumaba, restaba, multiplicaba ...

Y siempre la lectura como común denominador.

Hoy se habla bastante
de chicos muy precoces para su edad,
hiperdespiertos y hasta superdotados; 

personalmente, prefiero considerar
que se trata tan solo, como lo he sido yo,
de niños muy estimulados.

El cerebro de un niño, se sabe,
es muy maleable y absorvente;
por eso las experiencias tempranas de la infancia
son importantes en su posterior evolución.

Otra ventaja que propició
este amor incondicional que me anima
por la lectura y los libros en particular

 
fue la precocidad en mis intereses debido a que,
como toda hermana menor
me encantaba imitar a las mayores y leer lo que ellas leían;
por cierto, ambas eran muy aficionadas a la lectura.


Por eso, recuerdo que a los ocho, diez años de edad
leía algunas novelas para adultos 

como por ejemplo, “La ciudadela” de J. Cronin;
o “Sin novedad en el frente” de E. Remarque.

Pero estas lecturas,
movidas por el interés y sobre todo por la curiosidad,
no me impedían gozar de los típicos relatos para niños, 

tales como los cuentos de hadas
(Hermanos Grimm y Hans Christian Andersen), 

“Heidi”, “Mujercitas” (y toda la serie de Louise M. Alcott),
“Tom Sawyer”, “Huckelberry Finn” ...

A diferencia de mi hermana, la “maestra ciruela”,
a quien le encantaban las historias de piratas,
nunca fui aficionada a ese género,
aunque sí al de cierta ciencia ficción; 

y más adelante,
a historias revestidas de aleccionadoras metáforas.


Si bien la mía no fue una infancia
bordada solo de lectura
sino también de bicicleta, piano
y de mucho juego de escondidas, 
mancha, estatuas, rayuela ..., 

en la vereda, en la calle, con los amiguitos del barrio,


tengo que reconocer que
quizás los momentos más significativos y entrañables
de aquel tiempo agridulce
(en general así se viven los años de la niñez) 

han sido los compartidos con un libro interesante
que me atraía, me cautivaba, 
me enlazaba, me conquistaba ...


Por eso hoy, en el día internacional del libro

dedico un homenaje de profundo reconocimiento
a todos los escritores,
cuyas maravillosas historias y reflexiones
fueron modelando mi infancia, mi vida entera;


y en especial,
a las personas que espontánea y tan generosamente
sembraron en mí  el amor a la lectura y a los libros.


Estos son mis compañeros permanentes,
inseparables, siempre fieles  y disponibles;
raramente me defraudan ...




Hilda Mayer-Iocco
Pfeffingen, martes 23 de abril de 2013






(*) Libro “culto” de una época en Argentina con el cual aprendían a leer muchos niños antes de comenzar la escuela primaria.

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