Calendario:
23 de abril
Día
Internacional del Libro.
UN AMOR
INCONDICIONAL
¿Cuándo
comenzó, dio los primeros pasos,
para luego
liberarse de las manos protectoras
y emprender
la extraordinaria aventura?.
Posible y
paradójicamente,
antes que mi
razón procesara su existencia.
Permanecen aún,
muy tenues ya,
algunas huellas
de su prehistoria,
es decir, de
las experiencias anteriores a mi “real” conciencia.
A veces
contemplo esos vestigios
con una especial ternura,
como
los pequeños
ejemplares de una colección
que mi madre
solía comprarme cada semana,
creando sin
querer una rutina
que terminaría
despertando en mí
una
particular vocación.
Yo esperaba
con tantas pero tantas ansias aquellos libritos que, una vez
entre mis manos,
solía leer y releer sin cesar
hasta que
sin una especial intención de mi parte
quedaban grabados
en mi memoria, para siempre ...
Textos
simples,
acompañados de
simpáticas ilustraciones:
“Hoy cumple
años mi casita,
y también los
cumplo yo.
Yo le dije: ¡Qué
bonita!,
y ella me
felicitó”...
Aquella
colección de libritos,
junto con un
ejemplar de “¡Upa!” (*)
deben haber
sido
mis primeras y muy tempranas lecturas;
aunque, según
el folclore familiar,
la formidable
aventura empezó
cuando tenía
dos años de edad.
Contaban que
un tío se había dado cuenta
que yo podía
reconocer y leer
algunas
palabras en el periódico,
algo que había
llamado mucho la atención de los demás.
De hecho,
puede que mi interés
por la
información y las cuestiones político-sociales
tenga origen
en aquellos puntuales,
lejanísimos
momentos de la infancia.
Porque, contrariamente
a aquella observación de mi tío,
de la que mi
mente no guarda rastro alguno,
conservo aún
el recuerdo
de una
costumbre de mi padre:
a veces, al
regresar de su trabajo al anochecer,
solía leer
el diario vespertino “La Razón”,
o terminar
de repasar el matutino “La Nación”
leído muy
temprano en la mañana;
y lo hacía mientras
me tenía
sentada
sobre sus rodillas.
Imagino que
de esta manera
lograba congeniar
dos cosas:
gozar de un
momento de lectura e información;
y pasar un
ratito conmigo.
Para mí,
aquellos representaban
momentos
estelares del día:
estar con mi
papá e inmóvil, muy quietita,
a fin de no
distraerlo en su lectura,
evitando
cualquier disturbio
que pudiera provocar
una alteración
y quebrara ese
sentimiento de profunda,
silenciosa
cercanía, al menos física.
Los dos, un padre
cuarentón y su muy pequeña hija,
ambos absortos
en la lectura,
ya que me
encantaba leer las letras grandes
de los
titulares del periódico,
así como observar
las fotografías en blanco y negro;
tal vez una
manera de imitar a mi papá.
Imágenes
esfumadas ...
Tuve además
la suerte de contar
con dos
hermanas mayores
que me
llevaban bastantes años;
una de ellas
junto con una amiga
solía jugar
a la maestra conmigo;
y yo tenía
el inmenso privilegio
de contar
con sus clases particulares.
Eran
constantes y exigentes,
en especial
mi hermana.
Ella se
encargaba también
de forrar el
cuaderno de deberes
con las
tapas de alguna vieja revista.
Así, gracias
a mi hermana y su amiga
–ambas rondaban
los once años-
fui una niña
bastante despabilada en las cuestiones “intelectuales”:
a los cuatro
años leía, escribía, sumaba, restaba, multiplicaba ...
Y siempre la
lectura como común denominador.
Hoy se habla
bastante
de chicos muy
precoces para su edad,
hiperdespiertos
y hasta superdotados;
personalmente,
prefiero considerar
que se trata
tan solo, como lo he sido yo,
de niños muy
estimulados.
El cerebro
de un niño, se sabe,
es muy
maleable y absorvente;
por eso las
experiencias tempranas de la infancia
son
importantes en su posterior evolución.
Otra ventaja
que propició
este amor incondicional que me anima
por la lectura
y los libros en particular
fue la
precocidad en mis intereses debido a que,
como toda
hermana menor
me encantaba
imitar a las mayores y leer lo que ellas leían;
por cierto,
ambas eran muy aficionadas a la lectura.
Por eso,
recuerdo que a los ocho, diez años de edad
leía algunas
novelas para adultos
como por
ejemplo, “La ciudadela” de J. Cronin;
o “Sin
novedad en el frente” de E. Remarque.
Pero estas
lecturas,
movidas por
el interés y sobre todo por la curiosidad,
no me impedían
gozar de los típicos relatos para niños,
tales como
los cuentos de hadas
(Hermanos Grimm
y Hans Christian Andersen),
“Heidi”, “Mujercitas”
(y toda la serie de Louise M. Alcott),
“Tom Sawyer”,
“Huckelberry Finn” ...
A diferencia
de mi hermana, la “maestra ciruela”,
a quien le
encantaban las historias de piratas,
nunca fui
aficionada a ese género,
aunque sí al
de cierta ciencia ficción;
y más
adelante,
a historias revestidas
de aleccionadoras metáforas.
Si bien la mía
no fue una infancia
bordada solo
de lectura
sino también
de bicicleta, piano
y de mucho
juego de escondidas,
mancha, estatuas, rayuela ...,
en la vereda,
en la calle, con los amiguitos del barrio,
tengo que
reconocer que
quizás los
momentos más significativos y entrañables
de aquel
tiempo agridulce
(en general así
se viven los años de la niñez)
han sido los
compartidos con un libro interesante
que me atraía,
me cautivaba,
me enlazaba, me conquistaba ...
Por eso hoy,
en el día internacional del libro,
dedico un
homenaje de profundo reconocimiento
a todos los
escritores,
cuyas
maravillosas historias y reflexiones
fueron
modelando mi infancia, mi vida entera;
y en
especial,
a las
personas que espontánea y tan generosamente
sembraron en
mí el amor a la lectura y a los libros.
Estos son
mis compañeros permanentes,
inseparables,
siempre fieles y disponibles;
raramente me
defraudan ...
Hilda
Mayer-Iocco
Pfeffingen,
martes 23 de abril de 2013
(*) Libro “culto”
de una época en Argentina con el cual aprendían a leer muchos niños antes de
comenzar la escuela primaria.

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